Hemos dado por hecho que la universidad era el lugar donde uno aprendía a pensar mejor. No necesariamente a pensar igual, sino a discutir, contrastar argumentos, cambiar de opinión y acercarse un poco más a la verdad. Pero hay una pregunta cada vez más incómoda: ¿y si algunas universidades ya no solo enseñan conocimientos, sino también una determinada manera de interpretar políticamente el mundo? Un estudio titulado Changing Minds: How Academic Fields Shape Political Attitudes apunta precisamente en esa dirección: quienes estudian ciencias sociales y humanidades tienden a desplazarse hacia posiciones más de izquierda, mientras que quienes estudian economía y negocios muestran movimientos hacia posiciones más de derecha.

Lo interesante es que no parece tratarse únicamente de que cierto tipo de estudiante elija determinadas carreras. El estudio sostiene que parte del cambio ocurre durante la propia formación académica. En economía y negocios, el giro aparece sobre todo en asuntos económicos; en humanidades y ciencias sociales, en temas culturales. Incluso el comportamiento cambia: los primeros tienden a valorar más el éxito financiero y los segundos muestran mayor disposición al activismo. Es decir, una facultad no solo estaría transmitiendo información: también podría estar modificando prioridades, valores y formas de mirar la sociedad.

Aquí comienza la parte más polémica. El filósofo Michael Huemer sostiene que buena parte de las ideas asociadas actualmente al llamado movimiento woke nació precisamente dentro de las universidades. Su crítica es dura: en ciertas áreas de humanidades y ciencias sociales, los incentivos académicos pueden premiar más la sofisticación del discurso, la aceptación entre colegas y la adhesión a determinados marcos teóricos que la comprobación práctica de las ideas. Dicho de manera sencilla: cuando una comunidad intelectual solo tiene que convencer a quienes ya comparten buena parte de sus supuestos, corre el riesgo de encerrarse en sí misma.

El debate dejó de ser únicamente una acusación externa. En abril de 2026 se publicó en Estados Unidos un informe impulsado por responsables de universidades de élite y dirigido por el filósofo Paul Boghossian que puso bajo la lupa varias áreas de las humanidades y de las ciencias sociales. La advertencia central no es que esas disciplinas carezcan de valor ni que todos sus académicos trabajen de la misma manera. El problema señalado es otro: en determinados departamentos, revistas y campos de estudio, los criterios políticos y el activismo podrían estar ocupando un espacio que antes correspondía al rigor, la evidencia, el debate abierto y la posibilidad de demostrar que una idea está equivocada.

Y ahí aparece una paradoja fascinante. La universidad moderna se construyó, en buena medida, sobre la idea de que ninguna verdad debía quedar protegida de la crítica. Sin embargo, algunos de sus críticos sostienen que hoy existen temas en los que cuestionar ciertas premisas puede tener costos académicos o sociales. Si una disciplina parte de una conclusión moral que no puede discutirse, ¿sigue investigando o comienza simplemente a justificar esa conclusión? La pregunta importa mucho más que la batalla alrededor de la palabra woke. Lo verdaderamente importante es saber si todavía existe espacio para formular una hipótesis incómoda y descubrir, mediante evidencia, que quizá era correcta.

El problema tampoco pertenece exclusivamente a la izquierda. Robert P. George, profesor de jurisprudencia en Princeton y una de las voces conservadoras más conocidas del mundo académico estadounidense, advierte que el dogmatismo puede aparecer en cualquier extremo. Durante años, sostiene, ciertas universidades toleraron pensamiento de grupo, autocensura y dinámicas de cancelación asociadas a posiciones progresistas; pero la respuesta puede producir exactamente el fenómeno contrario: jóvenes atraídos por movimientos radicales de derecha, supremacismo o nuevas formas de intolerancia. Cambiar un dogma por otro no recupera la libertad intelectual. Solo cambia quién decide qué cosas no pueden discutirse.

Por eso, quizá la salida no consista en hacer universidades más conservadoras ni más progresistas, sino más universitarias. Recuperar algo que parece increíblemente básico: enseñar a una persona a defender una idea, escuchar la contraria, buscar evidencia, reconocer cuándo no sabe algo y estar dispuesta a cambiar de opinión. George lo resume en una distinción fundamental: la educación no debería decirnos qué pensar, sino enseñarnos cómo pensar. Curiosidad, humildad intelectual, rigor, capacidad de soportar una idea que nos molesta y voluntad de discutirla sin convertir al otro en enemigo.

Ese podría ser el verdadero debate detrás de toda esta discusión. Si las universidades terminan funcionando como fábricas de certezas ideológicas, sean de izquierda o de derecha, habrán abandonado precisamente aquello que alguna vez las hizo indispensables. Una institución dedicada al conocimiento debería ser el último lugar donde una idea quede protegida de las preguntas. Porque cuando dejamos de permitir que los hechos puedan contradecir nuestras creencias, ya no estamos educando: estamos formando creyentes. Y quizá la pregunta más incómoda que podemos hacerle hoy a una universidad sea también la más sencilla: ¿quieres enseñarme qué debo creer o quieres enseñarme a descubrir cuándo estoy equivocado?