Piense en cualquier elección reciente. La comida que pidió, la persona de la que se enamoró, el candidato que prefiere, la profesión que escogió o incluso la decisión de continuar leyendo estas líneas. Seguramente encontrará motivos detrás de cada una. Gustos, experiencias, recuerdos, deseos, temores, educación. Y detrás de esos motivos aparecerán otros. La cadena puede retroceder casi indefinidamente hasta conducirnos a una conclusión incómoda: no elegimos las condiciones desde las cuales comenzamos a elegir.
Nadie decidió su inteligencia, su temperamento, sus padres, su época, su país ni la arquitectura biológica de su cerebro. Tampoco elegimos qué nos atrae, qué nos produce miedo o qué experiencias infantiles terminarían influyendo en nuestra personalidad. Podemos tomar decisiones, desde luego, pero las tomamos desde una identidad que ya estaba parcialmente construida cuando adquirimos conciencia de ella. Podemos querer muchas cosas; lo verdaderamente difícil es demostrar que alguna vez elegimos qué queríamos querer.
La objeción parece evidente: las personas cambian. Un hombre puede dominar su carácter, abandonar una adicción, cuestionar la religión de sus padres o transformar radicalmente su vida. ¿No es eso libertad? Tal vez, pero queda otra pregunta: ¿por qué esa persona encontró la fuerza para cambiar mientras otra, enfrentada a circunstancias semejantes, no pudo hacerlo? Incluso la voluntad de transformarnos puede depender de nuestra personalidad, de una conversación, de una pérdida, de un libro leído accidentalmente o de capacidades psicológicas que tampoco escogimos.
Aquí aparece una hipótesis inquietante: quizá no seamos seres libres sometidos ocasionalmente a condicionamientos, sino organismos extraordinariamente complejos actuando como resultado de genes, ambiente y azar. El azar tampoco nos rescata. Que una decisión sea impredecible no significa que sea libre; si una circunstancia fortuita altera nuestra conducta, tampoco fuimos nosotros quienes escogimos esa circunstancia. Así, determinación e incertidumbre podrían disputarse el funcionamiento del universo mientras nuestra supuesta libertad permanece fuera de ambos.
Aceptar siquiera como posibilidad la inexistencia del libre albedrío tiene consecuencias mucho más profundas que una discusión filosófica. Pensemos en la culpa. Cuando castigamos a alguien no solo queremos impedir que vuelva a causar daño; generalmente creemos que merece el castigo porque podría haber actuado de otra manera. Pero si cada conducta es consecuencia de una biografía, una biología y unas circunstancias que nadie eligió originalmente, la justicia tendría que preguntarse menos cuánto sufrimiento merece una persona y más cómo proteger a la sociedad, reparar el daño y evitar que vuelva a ocurrir.
La idea también amenaza algo todavía más íntimo: nuestra superioridad moral. Piense en la peor persona que conoce y pregúntese qué habría ocurrido si usted hubiera nacido exactamente con su cerebro, sus padres, sus experiencias, sus frustraciones, su capacidad de autocontrol y cada una de las circunstancias que construyeron su personalidad. No conserve nada de usted: ni sus recuerdos, ni su educación, ni sus valores. ¿Seguiría comportándose como usted? La respuesta que empieza a insinuarse resulta incómoda porque quizá buena parte de aquello por lo que nos sentimos orgullosos también sea consecuencia de condiciones que tuvimos la fortuna de recibir.
Y ahora queda la última prueba. Usted puede dejar de leer en este instante o llegar hasta el punto final. Ambas posibilidades parecen abiertas y sentirá que cualquiera de ellas depende únicamente de usted. Pero antes de decidir, hágase una pregunta: ¿puede elegir lo que va a querer hacer? Tal vez seamos capaces de hacer aquello que deseamos y, sin embargo, jamás hayamos elegido el origen de nuestros deseos. Si eso es cierto, el gran misterio ya no sería saber si somos libres, sino comprender por qué una criatura gobernada por causas que no escogió puede sentirse, con absoluta certeza, dueña de sí misma.
.jpeg)
0 Comentarios