Portada

Mi cruda del mes patrio fue intelectual, no etílica: ¿en quién confiar al estudiar historia?

 

Todo comienza con Agustín de Iturbide

Estoy en mi celular, navegando en mis redes sociales y me encuentro uno de esos textos que parecen diseñados para obligar a la lectura por sus retadores mensajes: México —afirma el autor— no nace como una república, sino como un imperio constitucional

Iturbide es deliberadamente borrado de nuestra memoria; los liberales construyen una historia conveniente para ellos y, detrás de buena parte de esa narrativa, aparecen Estados Unidos, la masonería y una larguísima conspiración contra el proyecto monárquico mexicano. Hay afirmaciones extraordinarias. Y ante afirmaciones extraordinarias, lo razonable me parece sencillo: ¡vamos a verificar! ¿Realmente México nace como un imperio? ¿Iturbide es mucho más importante para la Independencia de lo que nos enseñaron? ¿Estados Unidos interviene para impedir la consolidación de una monarquía mexicana? ¿Juárez obedece intereses estadounidenses? ¿Los liberales reescriben posteriormente nuestra historia?

La primera sorpresa aparece muy pronto. El texto exagera, mezcla acontecimientos, convierte coincidencias en causalidades y, en algunos puntos, afirma cosas sencillamente falsas. Pero en medio de aquella narrativa hay hechos que normalmente ocupan muy poco espacio en nuestra memoria colectiva. México, efectivamente, no nace como república. El documento del 28 de septiembre de 1821 se llama literalmente Acta de Independencia del Imperio Mexicano. El Plan de Iguala propone una monarquía constitucional. El Ejército Trigarante entra triunfalmente en la Ciudad de México el 27 de septiembre. Iturbide alcanza una popularidad enorme y termina convertido en emperador. Y aparece entonces una pregunta mucho más incómoda: ¿por qué recordamos perfectamente el Grito de Dolores de 1810, pero sabemos mucho menos sobre el régimen político que realmente nace en 1821?


Personajes de cuento: buenos o malos


La historia escolar suele funcionar extraordinariamente bien cuando tiene protagonistas moralmente claros. Hidalgo inicia la Independencia. Morelos la continúa. Guerrero resiste. Iturbide aparece al final, consuma la Independencia y casi inmediatamente se convierte en emperador. La secuencia parece lógica. Hasta que uno comienza a hacer preguntas.

Porque Iturbide no es simplemente un personaje secundario que aparece cuando la guerra está prácticamente ganada. En 1821 logra construir una coalición política y militar alrededor del Plan de Iguala, pacta con antiguos insurgentes, obtiene adhesiones en buena parte del territorio, negocia los Tratados de Córdoba y encabeza el ejército que consuma la separación efectiva de España. La investigación contemporánea incluso cuestiona otra imagen profundamente arraigada: que el México de 1821 es naturalmente republicano y que Iturbide impone una monarquía anacrónica contra esa voluntad. El historiador Alfredo Ávila señala exactamente lo contrario: en 1821 la monarquía parece para muchos la forma de gobierno más natural y conveniente, el consenso generado alrededor del Plan de Iguala es extraordinariamente amplio y el apoyo a Iturbide no procede exclusivamente de las élites. Los republicanos son entonces una oposición minoritaria.

Eso no convierte a Iturbide en héroe. También combate durante años a los insurgentes. Como emperador tiene un conflicto creciente con el Congreso, encarcela opositores, termina disolviendo el Legislativo y sustituyéndolo por una Junta Nacional Instituyente. Su régimen se derrumba rápidamente. Pero algo empieza a resultar evidente: el Iturbide histórico es mucho más interesante que el Iturbide escolar. Entonces surge una segunda pregunta: ¿quién construye al Iturbide que recordamos?


El problema de preguntar a los historiadores


La reacción lógica es acudir a historiadores, universidades, institutos de investigación y publicaciones académicas. Pero entonces aparece otro problema: ¿quién verifica al verificador?

Decir que algo es verdad porque lo publica una universidad prestigiosa es intelectualmente insuficiente. Una universidad garantiza determinados procedimientos académicos; no garantiza que sus investigadores carezcan de paradigmas, preferencias ideológicas, incentivos profesionales o sesgos.

Los historiadores también son seres humanos. Y los seres humanos hacemos algo extraordinariamente bien: construimos grupos. Creamos comunidades de creencias, lenguajes compartidos, consensos, jerarquías y sistemas de prestigio. La psicología social estudia fenómenos como conformidad, polarización grupal y señalización de pertenencia. Una comunidad científica posee además incentivos propios: publicaciones, plazas, reconocimientos, citas, discípulos, escuelas intelectuales.

Eso no significa que los investigadores falsifiquen conscientemente los hechos. El fenómeno puede ser mucho más sutil. El sesgo puede comenzar antes de encontrar la respuesta: puede comenzar al elegir la pregunta. Un investigador puede estudiar durante veinte años cómo resisten los indígenas la dominación española y producir investigaciones impecables. Pero quizá nadie en su entorno pregunta por qué determinados pueblos indígenas deciden aliarse con los españoles contra los mexicas. Las dos preguntas son legítimas. Pero producen historias diferentes.

¿Y si el sesgo está en aquello que consideramos digno de investigar?

Esta posibilidad cambia completamente el problema, porque ya no buscamos solamente errores. Buscamos selección. ¿Qué acontecimientos aparecen constantemente? ¿Cuáles desaparecen? ¿Qué personajes reciben biografías? ¿Cuáles son tratados únicamente como antagonistas? ¿Qué documentos utilizamos? ¿Cuáles permanecen olvidados? ¿Utilizamos “pueblo”, “élite”, “opresión”, “resistencia”, “reacción”, “progreso”, “imperialismo” o “revolución” como categorías descriptivas o como categorías morales?

México ofrece un laboratorio extraordinario para estudiar este fenómeno. Durante el siglo XX existe una influencia socialista explícita sobre determinadas políticas educativas. Los libros oficiales del cardenismo contienen una fuerte crítica a la sociedad capitalista, atribuyen la desigualdad a la distribución de la riqueza y colocan al Estado como conductor de la transformación social. Pero reducir toda la historiografía mexicana posterior al marxismo sería otro error. La estructura narrativa es mucho más antigua.


La historia mexicana está llena de parejas morales


Insurgentes contra realistas, liberales contra conservadores, republicanos contra monárquicos, campesinos contra hacendados, obreros contra capitalistas, indígenas contra españoles, pueblo contra oligarquía. La historiografía marxista encuentra posteriormente en varias de estas oposiciones un lenguaje extraordinariamente compatible: explotación, clase, dominación, resistencia, estructura económica. Pero muchas dicotomías ya existen.

El liberalismo triunfante del siglo XIX construye su propia genealogía histórica antes de que Marx tenga una influencia relevante en México. Después, el nacionalismo revolucionario crea otra gran secuencia legitimadora: Independencia, Reforma y Revolución. Cada régimen necesita antepasados. Y también necesita antagonistas. Entonces aparece otra pregunta: ¿cuántos personajes históricos conocemos realmente y cuántos conocemos únicamente a través del papel que les asigna una narrativa posterior?


El problema se vuelve todavía más evidente con la Conquista


Durante generaciones resulta tentador contar 1519-1521 como una historia de españoles contra indígenas. Pero inmediatamente aparece una anomalía enorme: miles de indígenas combaten contra otros indígenas. Tlaxcaltecas, totonacos y otros pueblos participan en las campañas junto con los españoles. Investigaciones contemporáneas recuperan precisamente el papel de los llamados “indígenas conquistadores”, sin cuya participación resulta imposible explicar militarmente la caída de Tenochtitlan.

Las propias fuentes tlaxcaltecas construyen una memoria de la Conquista diferente de la que posteriormente consolida el nacionalismo mexicano. Federico Navarrete muestra cómo esa memoria tlaxcalteca sobrevive durante siglos hasta ser debilitada por la historia nacionalista desarrollada por las élites del México independiente. Y los documentos indígenas tampoco proporcionan una “verdad indígena” única. Existen tradiciones tenochcas, tlatelolcas, tlaxcaltecas, acolhuas y otras memorias. Las investigaciones actuales estudian precisamente sus diferencias, intenciones y contextos de producción.

Eso destruye una dicotomía extraordinariamente cómoda: españoles contra indígenas. La pregunta correcta comienza a parecer otra: ¿qué españoles?, ¿qué indígenas?, ¿en qué momento?, ¿con qué intereses y contra quiénes?


Ni siquiera las fuentes primarias son inocentes


Llegados a este punto podríamos pensar que existe una solución perfecta: abandonar a los historiadores y regresar a los documentos. Pero tampoco funciona. Hernán Cortés tiene intereses. Bernal Díaz tiene intereses. Los tlaxcaltecas tienen intereses. Los mexicas tienen intereses. Iturbide tiene intereses. Juárez tiene intereses. Los diplomáticos estadounidenses tienen intereses.

Quien escribe una carta política sabe quién va a leerla. Quien redacta sus memorias selecciona aquello que desea recordar. Quien solicita privilegios a una Corona tiene incentivos para describir sus servicios de determinada manera. Una investigación publicada por el INAH llega incluso a analizar cómo el relato cortesiano de la Conquista puede consolidarse mediante un proceso colectivo asociado a los intereses de conquistadores que buscan reconocimientos, honores y mercedes.

Es decir: una fuente primaria no es la verdad. Es una evidencia producida por alguien. Y eso obliga a triangular.


Entonces, ¿cómo sabemos algo?

Aquí aparece finalmente la respuesta metodológica más útil de todo el recorrido. No necesitamos encontrar al historiador sin ideología. Probablemente no existe. Necesitamos construir un método que sobreviva a las ideologías de los historiadores.

Eso significa confrontar fuentes que tengan incentivos diferentes e incluso incompatibles. Para estudiar a Iturbide no basta con leer historiografía liberal. Pero tampoco basta con descubrir sus limitaciones y refugiarse en historiografía conservadora. Hay que enfrentar documentos de Iturbide contra documentos de sus adversarios; actas del Congreso contra correspondencia privada; fuentes mexicanas contra archivos españoles; diplomáticos estadounidenses contra políticos mexicanos; historiografía liberal contra conservadora; marxistas contra revisionistas; investigadores mexicanos contra extranjeros.

Y entonces formular una pregunta decisiva: ¿qué hechos sobreviven cuando ponemos de acuerdo a personas que están en desacuerdo sobre casi todo? Ahí comienza a aparecer terreno firme.


Cinco niveles para no confundir historia con interpretación

Podemos entonces clasificar lo que creemos saber. En un primer nivel está el hecho documental directo: un decreto es publicado, un tratado contiene determinada cláusula, un ejército entra en una ciudad determinada fecha. En un segundo nivel aparece la reconstrucción de alta confianza: distintas fuentes independientes permiten establecer razonablemente qué sucede. En un tercero tenemos la interpretación historiográfica sólida: los documentos permiten sostener que determinados factores contribuyen a un acontecimiento, aunque la causalidad ya exige interpretación. En el cuarto entramos en la interpretación discutida: aparecen debates sobre intereses económicos, clases sociales, religión, ideologías, geopolítica o motivaciones personales.

Y finalmente llegamos al quinto nivel: la narrativa ideológica. Aquí comienzan las frases peligrosamente satisfactorias: “el pueblo derrota a sus opresores”, “los reaccionarios traicionan a la patria”, “los liberales destruyen México”, “los españoles vienen únicamente a saquear”, “los insurgentes son simples revoltosos”, “la República es una conspiración contra Iturbide”. Pueden contener fragmentos de verdad. Pero están construidas para cerrar la discusión, no para abrirla.


Hay otra prueba todavía más poderosa

Cada vez que encontramos una explicación histórica deberíamos preguntarnos: ¿cómo narraría exactamente este mismo acontecimiento alguien situado en el paradigma contrario?

Supongamos esta afirmación: “Iturbide traiciona la lucha popular por la Independencia para preservar los privilegios de las élites”. Ahora construyamos su espejo: “Iturbide salva a México del caos insurgente y los liberales destruyen posteriormente su proyecto nacional”. Ambas son narrativamente poderosas

Publicar un comentario

0 Comentarios