La ciencia cognitiva ha encontrado abundante evidencia de razonamiento motivado: no examinamos con la misma severidad aquello que confirma nuestras ideas que aquello que las contradice. Charles Taber y Milton Lodge observaron que las personas aceptaban con mayor facilidad argumentos compatibles con sus posiciones y dedicaban más esfuerzo a refutar los contrarios; sorprendentemente, el fenómeno podía intensificarse entre quienes poseían mayor sofisticación política. Esto altera una imagen muy querida de nosotros mismos. Tal vez una persona inteligente no utilice siempre su inteligencia para descubrir si está equivocada. Puede utilizarla para construir una defensa extraordinariamente sofisticada de aquello que ya deseaba creer.
Jay Van Bavel ha llevado la cuestión todavía más lejos: la identidad partidista puede influir no solamente en nuestras opiniones, sino también en procesos como la memoria, las evaluaciones automáticas e incluso determinados juicios perceptivos. Su modelo del “cerebro partidista” propone que las creencias adquieren valor por las recompensas sociales que producen: pertenencia, reconocimiento, coherencia con el grupo. Y aquí aparece la primera trampa. Cuando alguien critica a nuestro partido, a nuestro líder o a nuestra causa favorita, quizá nuestro cerebro no esté escuchando simplemente una afirmación que debe comprobar. Puede estar escuchando algo mucho más peligroso: “los tuyos están equivocados”. Entonces deja de actuar únicamente como investigador y comienza a comportarse como abogado defensor.
Kurt Gray distingue entre creencias funcionales y creencias sociales. Las primeras necesitan ajustarse razonablemente a la realidad: si creemos equivocadamente que un puente soporta determinado peso, el puente puede desplomarse. Las segundas cumplen otra función: nos permiten pertenecer. Una creencia política puede sobrevivir pese a sus contradicciones porque abandonar esa idea significaría distanciarnos de las personas con las que compartimos identidad, afectos y reconocimiento. Malo plantea el dilema de manera especialmente provocadora: cuando debemos escoger entre la verdad y el grupo, con demasiada frecuencia escogemos al grupo. De repente se entiende por qué ciertos debates parecen imposibles: nosotros ofrecemos datos a alguien que quizá está defendiendo, sin saberlo, su lugar en el mundo.
La conocida metáfora de Jonathan Haidt presenta a la razón como un jinete montado sobre un enorme elefante hecho de intuiciones, emociones y respuestas automáticas. Nos gusta imaginar al jinete gobernando al animal, pero muchas veces ocurre al revés: el elefante se mueve primero y la razón encuentra después una explicación elegante para justificar hacia dónde fue. En política eso significa algo perturbador. Primero podemos sentir simpatía, rechazo, miedo, orgullo o indignación; después aparecen las razones. Y como toda buena defensa necesita argumentos respetables, terminamos convencidos de que llegamos racionalmente al lugar al que quizá nuestras emociones ya nos habían llevado.
Esto también explicaría una experiencia que seguramente el lector conoce. Una corrupción cometida por el adversario demuestra que “todos ellos son corruptos”; la misma conducta cometida por alguien de nuestro grupo exige contexto, matices y presunción de inocencia. Una encuesta favorable a nuestro candidato confirma el sentir popular; una encuesta adversa tiene problemas metodológicos. Cuando gobiernan los otros, los malos resultados son consecuencia de su incompetencia; cuando gobiernan los nuestros, son herencia del pasado, circunstancias internacionales o sabotaje opositor. No necesariamente mentimos. Eso sería más sencillo. Podemos creer sinceramente cada explicación, porque el cerebro posee una extraordinaria capacidad para hacer compatible la realidad con aquello que necesita conservar.
Y entonces aparece la parte más difícil de aceptar: cambiar de opinión puede tener un costo social. Imagine reconocer públicamente que el político al que defendió durante años estaba equivocado, que la causa con la que construyó amistades exageró sus argumentos o que quienes usted consideraba adversarios tenían razón en un punto importante. No estaría modificando solamente una idea. Estaría amenazando conversaciones, prestigio, alianzas, seguidores y quizá una parte de su propia identidad. Desde esa perspectiva, aferrarse a una creencia falsa puede resultar psicológicamente racional si el precio de aceptar la verdad es quedarse solo. Nuestra mente evolucionó durante muchísimo más tiempo en pequeños grupos humanos que en universidades, parlamentos o laboratorios. Para nuestros antepasados, equivocarse sobre una abstracción podía ser tolerable; ser expulsado de la tribu podía significar morir.
Por eso hay una prueba mucho más exigente que preguntarnos qué pensamos políticamente. Pregúntese qué tendría que ocurrir para que usted aceptara que su propio bando está equivocado. Piense en una evidencia concreta que pudiera hacerle abandonar una de sus convicciones más profundas. Y ahora añada una condición: al reconocerlo perdería aplausos, amistades, prestigio y pertenencia, mientras sus adversarios celebrarían su rectificación. ¿Seguiría buscando la verdad con el mismo entusiasmo? Si la respuesta empieza a incomodarlo, quizá ahí se encuentre el verdadero secreto de nuestras creencias políticas: muchas no sobreviven porque hayan derrotado a los argumentos contrarios. Sobreviven porque, en algún rincón muy antiguo del cerebro, estar equivocados junto a los nuestros todavía puede sentirse más seguro que tener razón completamente solos.

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