Quizá el problema no sea que Darwin haya vuelto innecesarios a los filósofos, sino que algunos todavía pretenden explicar al ser humano sin salir de Platón ni entender evolución.
Durante más de dos milenios, la filosofía buscó descubrir la esencia de las cosas. Sócrates, Platón y Aristóteles contribuyeron a construir una tradición intelectual que Charles Darwin pondría radicalmente en cuestión con su teoría de la evolución.
El filósofo Daniel Dennett fue todavía más provocador: acusó a numerosos colegas de ignorar las consecuencias de uno de los mayores descubrimientos científicos de la historia.
En una entrevista con Big Think, Dennett cuestionó la obsesión filosófica por encontrar definiciones universales y características inmutables.
Su argumento era demoledor: la evolución demuestra que los organismos cambian, presentan variaciones y no necesitan ajustarse a esencias eternas, como las planteadas en la metodología deductiva/inductiva de la filosofía. Para comprender la vida hay que estudiar sus transformaciones, no encerrarla en categorías abstractas.
La provocación alcanza directamente a quienes estudian el comportamiento humano. Dennett defendía que capacidades tan complejas como la creatividad, la inteligencia o la conciencia pueden investigarse mediante procesos físicos y evolutivos.
Explicarlas científicamente no les resta importancia; permite comprender cómo surgieron. El misterio deja de ser una respuesta aceptable cuando existen mecanismos que podemos investigar.
El propio Dennett relató cómo cambió su manera de filosofar cuando, siendo estudiante en Oxford, comenzó a investigar qué ocurría fisiológicamente cuando un brazo se adormecía.
Sus compañeros consideraron extraño que buscara respuestas sobre nervios y circulación. Para él fue una revelación: entender las neuronas y el aprendizaje podía resultar más esclarecedor que discutir indefinidamente conceptos abstractos.
Su siguiente descubrimiento intelectual llegó con Richard Dawkins y la teoría de los memes.
Dennett comprendió que las ideas, las palabras y las creencias también se transmiten culturalmente, cambian y compiten por sobrevivir. Esta perspectiva permite estudiar cómo evolucionan las ideologías y los discursos políticos sin considerarlos verdades eternas ni reducirlos únicamente a decisiones racionales.
La consecuencia para la filosofía política es especial: si las capacidades humanas y las creencias tienen historias evolutivas, conceptos como libertad, justicia, moralidad o poder también pueden examinarse a partir de sus condiciones biológicas, psicológicas y culturales.
Esto no resuelve automáticamente cómo debería organizarse una sociedad, pero obliga a confrontar las teorías políticas con lo que sabemos del ser humano.
Dennett, fallecido en 2024, no pretendía que la ciencia sustituyera a toda la filosofía. Reconocía que los científicos también necesitan filósofos capaces de formular mejores preguntas y detectar errores conceptuales.
Su desafío era más profundo: ¿de qué sirve construir grandes teorías sobre la naturaleza humana si se desconoce la ciencia que estudia cómo funciona? Quizá el problema no sea que Darwin haya vuelto innecesarios a los filósofos, sino que algunos todavía pretenden explicar al ser humano sin salir de Platón ni entender la evolución.
Fuentes: Daniel Dennett, entrevista en Big Think, «Philosophy and Science» (https://bigthink.com/series/legends/philosophy-and-science/810/); Daniel C. Dennett, Darwin's Dangerous Idea (1995) y From Bacteria to Bach and Back (2017). Las implicaciones para la filosofía política son una interpretación editorial de Naturaleza Política.
%2016.07.29.png)
0 Comentarios